Educando en Virtudes: Templanza (4)

“Gustad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra”.
Epístola de San Pablo a los Colosenses 3, 1-2. 

La virtud de la Templanza permite que nuestra vida no pierda el Norte que señala siempre a Dios. Acertar en las acciones, teniendo claro que el objetivo de nuestra vida es alcanzar el Cielo o, lo que es lo mismo, ser felices amando, amando de verdad, a Dios sobre todas las cosas y a los demás por Dios.

Sin embargo, lograr este equilibrio y armonía interior, viene dificultado por la herida del pecado original. Las inclinaciones hacia los bienes materiales de la Creación pueden llegar a ser muy fuertes. Las personas que son arrastradas por las tentaciones se empequeñecen, se sienten atraídas por unas metas que, una vez alcanzadas, no proporcionan la felicidad que se buscaba. Así, el hombre se encuentra ciego ante el horizonte y no camina, no crece, no alcanza el fin al que Dios le llama.

Vivir la Templanza significa:

  • Ser dueño de sí mismo, de mis propias acciones.
  • Estar alegre al saber que puedo dominarme y mejorarme como persona.
  • Ser capaz de esforzarse diariamente por ser mejor.
  • No ceder ante los gustos, deseos o caprichos que pueden dañar mi amistad con Dios.
  • Congruencia interior entre lo que pienso, digo y hago.
  • No necesitar justificarse ni dar falsos pretextos.
  • Conocer las propias debilidades y evitar caer en circunstancias que pongan en peligro mi voluntad.
  • Vencer el deseo del placer y la comodidad por amor y con inteligencia.
  • La persona moderada orienta y ordena hacia el bien sus apetitos sensibles, no se deja arrastrar por sus pasiones irracionales.

“El hombre moderado es el que es dueño de sí. Aquel en que las pasiones no predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el “corazón”. ¡El hombre que sabe dominarse!”.
San Juan Pablo II, Audiencia General 22 de noviembre de 1978

Oremos.

Padre nuestro, que estás en el cielo, 
santificado sea tu Nombre; 
venga a nosotros tu reino; 
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. 
Danos hoy nuestro pan de cada día; 
perdona nuestras ofensas 
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; 
no nos dejes caer en la tentación, 
y líbranos del mal.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Amén.

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