Educando en Virtudes: Templanza (2)

“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”.
San Agustín, Confesiones I, 1, 1 

La Templanza puede ser definida como el hábito recto que permite que el hombre, anteponiendo la razón a sus instintos, pueda dominar sus apetitos naturales de placeres a los que se siente atraído a través de los sentidos. Asegura en nuestro ser el dominio de la voluntad sobre los instintos

En cierto sentido, la Templanza puede ser considerada como una característica común a todas las virtudes morales, pues la moderación que conlleva es un apoyo fundamental para cada una de ellas. De hecho, la Templanza implica diferentes virtudes como son: la castidad, la sobriedad, la humildad y la mansedumbre

La virtud de la Templanza hace que el cuerpo y nuestros sentidos encuentren el puesto exacto que les corresponde en nuestro ser humano. El hombre templado es el que es dueño de sí; en él las pasiones no predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el “corazón”. 

Así pues, la Templanza resulta indispensable para que el hombre “sea” plenamente hombre. Basta ver a alguien que ha llegado a ser “víctima” de las pasiones que lo arrastran (alcoholismo, drogadicción, ludopatía…), renunciando por sí mismo al uso de la razón, y comprobamos claramente que “ser hombre” quiere decir respetar la propia dignidad y dejarse guiar por la virtud de la templanza. 

“No se puede ser hombre verdaderamente prudente, ni auténticamente justo, ni realmente fuerte, si no se posee asimismo la virtud de la templanza. Se puede decir que esta virtud condiciona indirectamente a todas las otras virtudes; pero se debe decir también que todas las otras virtudes son indispensables para que el hombre pueda ser “moderado” o sobrio”.
San Juan Pablo II, Audiencia General 22 de noviembre de 1978

Oremos.

Padre nuestro, que estás en el cielo, 
santificado sea tu Nombre; 
venga a nosotros tu reino; 
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. 
Danos hoy nuestro pan de cada día; 
perdona nuestras ofensas 
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; 
no nos dejes caer en la tentación, 
y líbranos del mal.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Amén.